sábado, diciembre 23, 2006

Mis queridos Mathias, Dominique y Bruno,

Cada año, en la radio, en los centros comerciales, y en nuestras cabezas, las canciones de Navidad empiezan más temprano. Cada año, veo que la gente se siente más presionada a regalar más, a regalar a más gente; se siente empujada a comprar más, a gastar más. Durante toda la semana anterior a la Navidad, veo cada vez a más personas con el ceño fruncido, preocupadas porque no les va a dar tiempo, y no les va a alcanzar el dinero, para “cumplir” con todos los ritos de la temporada. Para ellas, la época “más linda del año” deja de serlo y se convierte en la fuente principal de sus preocupaciones del resto del año.

Hace unos tres o cuatro años, época en la que estábamos en una situación particularmente difícil económicamente, decidí salirme del corral, dejar el rebaño y romper el círculo vicioso. En vez de regalarle a todos los que conocía, iba a regalarle a aquellos a los que yo necesitaba decirles que los quería. Y en estos últimos años, he ido aprendiendo, no solamente a escapar de la vorágine navideña, sino que a recobrar ese espíritu que, imagino, debería ser el que prevalezca en esta época.

Ustedes saben que las prácticas religiosas, todo ese asunto de ritos y actos públicos de fe no son mi rollo. Pero sí me parece que la Navidad resulta ser un excelente pretexto para decir a las personas que más queremos lo importante que son en nuestras vidas.

Cada año, desde hace tres años, para Navidad, pienso más, pienso en los que quiero desde mucho antes. Trato de ponerme en sus zapatos. Uso más mi cabeza y mi corazón, uso más mis manos. Trato de imaginarme de qué forma puedo decirles que los amo, que mi vida tiene sentido porque ellos están cerca de mí.

Cada año, soy más feliz, quiero más, amo más. Y (eso creo) cada año que pasa, hago a los míos más felices, los hago sentir más queridos. Cada vez que nos reunimos nuevamente en estas fechas, siento que ellos saben, siento que ustedes saben, mijos, que no hay nada más importante en mi vida que las personas que, como ustedes, me quieren y a quienes quiero.

Mucho más que cualquier otro año, me he disfrutado esta Navidad. Cuando uno va creciendo, tiene la impresión de que la ilusión que esta época le causaba a uno de pequeño se va atenuando. Llegué incluso a sospechar que iba a desaparecer del todo.

Les escribo para decirles que no desaparece. Que la Navidad seguirá siendo siempre para mí una fuente de alegría y de felicidad, tanto más cuanto recuerde que de lo que se trata es de que estemos todos cerca. Tanto más cuanto recuerde abrazarlos, besarlos, y verlos crecer. Tanto más cuanto recuerde lo orgulloso que me siento de ustedes. Y de lo afortunado que me soy de ser su padre.

Feliz Navidad mijos, los quiero mucho.

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