Hace unos tres o cuatro años, época en la que estábamos en una situación particularmente difícil económicamente, decidí salirme del corral, dejar el rebaño y romper el círculo vicioso. En vez de regalarle a todos los que conocía, iba a regalarle a aquellos a los que yo necesitaba decirles que los quería. Y en estos últimos años, he ido aprendiendo, no solamente a escapar de la vorágine navideña, sino que a recobrar ese espíritu que, imagino, debería ser el que prevalezca en esta época.
Ustedes saben que las prácticas religiosas, todo ese asunto de ritos y actos públicos de fe no son mi rollo. Pero sí me parece que la Navidad resulta ser un excelente pretexto para decir a las personas que más queremos lo importante que son en nuestras vidas.
Cada año, desde hace tres años, para Navidad, pienso más, pienso en los que quiero desde mucho antes. Trato de ponerme en sus zapatos. Uso más mi cabeza y mi corazón, uso más mis manos. Trato de imaginarme de qué forma puedo decirles que los amo, que mi vida tiene sentido porque ellos están cerca de mí.
Cada año, soy más feliz, quiero más, amo más. Y (eso creo) cada año que pasa, hago a los míos más felices, los hago sentir más queridos. Cada vez que nos reunimos nuevamente en estas fechas, siento que ellos saben, siento que ustedes saben, mijos, que no hay nada más importante en mi vida que las personas que, como ustedes, me quieren y a quienes quiero.
Mucho más que cualquier otro año, me he disfrutado esta Navidad. Cuando uno va creciendo, tiene la impresión de que la ilusión que esta época le causaba a uno de pequeño se va atenuando. Llegué incluso a sospechar que iba a desaparecer del todo.

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